The Grown Mermaid



 Hi, there! I was going around the Internet, doing some research on literary agents, thinking that maybe 'Lady Montague' could make it to the bookshops, and I found these questions that apparently I need to answer before going on - according to self-help publishing websites I've just discovered. It's funny how prefabricated and how market-focused they all are. It's so much about the money, I'm actually thinking self-publishing is the real thing. Anyway, I still have some answers if you're curious:

Does your idea warrant a book?

Yes, it does, and a fairly good one.



What is the book about?

It’s mainly about a gorgeous overlooked character from Shakespeare’s ‘Romeo and Juliet’. I see Lady Montague as a pacifist among brutes; she’s quite exceptional. But in terms of topics, this book’s about love and fear face to face. These are to me the most empowering and terrifying human feelings, they can both make you take the most difficult steps or freeze you to death, and sometimes one wonders which one is actually the strongest.



Why should it be published?

In 2014 we celebrated Shakespeare’s 450 anniversary, which is something I didn’t noticed until the book was finished. You get revivals of Shakespeare’s plays taking place around the world every day, meaning people like it. The West End brought in an adaptation of ‘Shakespeare in love’ -again ‘Romeo and Juliet’ at the centre of the story- and it’s been greatly acclaimed. Why shouldn’t we tell the story of one of the most beautiful characters in the play? It’s written as a book so there’s no need to put it on a show. But it’s alive.



Who will read it?

I would expect my ideal reader to have an interest in human feelings in all their complexity. And I assume it’s people who read a lot who’s really up to enjoy it.



What is your unique selling point?

It’s my writing style at the service of a great love story.

I’ve been writing for sixteen years. You don’t need to know ‘Romeo and Juliet’ to fall for this book. Nevertheless, it makes ‘Romeo and Juliet’ even better.



Have you researched your marketplace?

No. I haven’t. Unfortunately for me, money and market does not interest me when it comes to my writing anymore. I’ve been hugely disappointed by a publisher before, thinking that I could make money for my work – while I was being ripped off. I don’t want to know a thing about it. If you like it, you sell it. It’s all yours and I’ll accept the most ridiculous money whilst I can find my book it in the bookshops. My only condition is that you respect it, keeping it as it is. Besides, that should be your work, not mine.



How strongly do you believe in your work?

I believe in my work as I believe in the air I breathe. It might not be as good as I wish it was, but I’ll die without it.


Read More …


Espasa editorial ha publicado un libro escrito por Boris Izaguirre y firmado por Belén Esteban. Ha sido best-seller desde que se proyectó la mera idea del libro: una colección de exclusivas que no saldrían en las revistas, sino en un tomo más elegante que el ‘¡Hola!’. Los editores de hoy en día son quiosqueros, y cuanto antes lo asumamos gente que, como yo, lleva años dedicándose a la literatura como a una artesanía -yo llevo 16-, mejor. Lo efímero, lo que engancha por fascículos, lo que no ha tenido tiempo de maduración, lo digerible, el morbo fácil e infantiloide, el vocabulario paupérrimo -pues accesible es un adjetivo generoso- y la trascendencia nula… Eso buscan los editores.


Yo no escribo revistas de cotilleo. De ahí mi frustración con las editoriales. Yo, cuando no me encargan una novela para dentro de dos meses -ellos son así de negreros-, tomo de dos a diez años de mi vida para preparar una novela. Y con ella, aunque cueste creerlo por mi edad, procuro contar cosas que enriquezcan al que esté destinado a leerlas. La identidad es uno de mis temas preferidos, porque la búsqueda de ésta puede hacer a los hombres muy desgraciados o tremendamente felices. Belén Esteban y sus cuarenta años pueden hablar del mismo tema, y hasta podría ser interesante. Yo y mis veintiséis años nos quedamos con la mano levantada pero no nos da la palabra, como suelo decir, ni Dior.
Es evidente que mi falta de canas y arrugas me delata como intrusa. Y es que no me apetece ponerme a escribir bobadas sobre muchachas ingenuas que suplen su falta de cohesión y arraigo familiar persiguiendo vampiros sin colmillos y/o millonarios sádicos. No encajo en la edición tradicional porque la tradición la sigo yo, no ellos.


Pero el producto rápido, si ha de ser bueno, será también muy caro -contratar una novela a un escritor de renombre, para subsanar un catálogo lleno de basura y tener la seguridad de que será buena literatura-, o bien puede ser un trabajo rápido pero muy malo -muy barato, muy reemplazable, muy ‘por poner algo’-, o bien puede ser un trabajo malo y caro -muy rápido; lectura facilona a la que se le pondrá la pegatina de best-seller, se le pondrán carteles en el metro, propaganda en internet, promoción en revistas de literatura…Es malo y nos ha salido cara la promoción, pero compramos los derechos por dos duros y ahora nos vamos a forrar-.
Mi trabajo sería rápido. En un año puedo escribir una novela más que decente. En tres meses también. Y en dos. Ahora bien, todas estas opciones, para mí, son industriales. Yo no me tomo la literatura como una industria, sino como un arte. El arte es un trabajo lento, no tanto de hacer como de aprender. La maestría cuesta muchos años de asimilación. Esto es un detalle que las editoriales no contemplan. Hacer una buena novela puede ser lento, pero, sea como sea, el resultado debe ser delicioso. Y ha de ser publicado como obra de arte. Esto, sencillamente, no se ofrece. Y menos a aquellos autores cuya juventud los encasilla.
No me ofende. Uno de mis autores idolatrados es Raymond Radiguet, quien escribió una auténtica obra maestra con tan solo 19 años y murió poco después. Sigo. Otra de mis autoras predilectas es Jane Austen, quien a los 20 años escribió su obra más celebrada, “Orgullo y prejuicio”. Esta magnífica obra fue rechazada por editoriales durante la friolera de 12 años. Hoy en día, Austen no sería publicada por nadie, pero sus novelas se venden por millares en todo el mundo -click aquí para más información-. Prefiero estar a este lado. Me siento más cómoda, la verdad.


Debido a mi experiencia personal, la escritura la ejerzo como una artesanía que he conocido y trabajado durante los últimos dieciséis años. Esto nunca lo entienden los editores, sean grandes o pequeños, y es lo esencial: no están hablando con una novata que pone las palabras al azar sobre el papel. Esta es mi artesanía, mi arte y mi oficio de corazón, por lo que procuro cada día conocerlo y darle el valor que merece. No lo entienden porque soy muy joven y les puede el prejuicio. Pero es que a quien creen novato en el arte también lo creen novato en la vida, y no sólo no creen que pueda ser una buena escritora, sino que confían en mi ingenuidad, pretendiendo descaradamente aprovecharse de esa supuesta falta de experiencia.
Como lectora veo un fraude en el mercado. El best-seller ya es éxito de ventas antes de nacer, porque los eligen las editoriales. En un catálogo de cuarenta títulos habrá dos best-sellers, pero se decidirá cuáles de ellos se llevan el privilegio antes de su impresión, porque la tirada será más amplia, la distribución más rápida y la publicidad más agresiva. Todo eso hay que prepararlo; no se puede esperar a que los lectores se decidan a comprarlo en masa por intervención divina. Es decir, la apuesta de la editorial se vende como best-seller ya desde la imprenta. Y el lector de rebaño ya se enganchará. Suelen ser libros de dos categorías: o mediocres y comerciales, de escasa trascendencia y rápidamente renovables y/o sustituibles en el ranking, o bien libros firmados por grandes nombres, de excelentísimos y viejos escritores. Por desgracia, a mi edad, parece que sólo escribir tan pobremente como de una persona de mi edad se espera que escriba es una puerta a la edición tradicional. Estoy desencantada porque sin canas y arrugas no soy nadie. Lo malo es que están educando muy erróneamente a todo mi público potencial, e incluso a mi público objetivo.
Las editoriales con las que me he cruzado no tienen tiempo para pararse a ver lo que publican y lo que no. La inmensa mayoría de editoriales trabaja exclusivamente a través de agentes, haciendo una criba brutal. Si quieren vender, publican lecturas fácilmente digeribles sin mayor trascendencia, con mucho aditivo insano que enganche para poder sacar copias de la misma historia con diferente portada, y que la gente vuelve a leer encantada aunque sepa que como literatura no llega ni a la categoría de ‘mala’. Es lo mismo que hace McDonald’s con las hamburguesas y Tele5 con los programas de cotilleo. ¿No iba a desencantarse un chef que sueña con una estrella Michelin pidiendo trabajo de camarero en McDonald’s?, ¿y que encima tengan la poca vergüenza de decirle que no vale para esto? Es tristísimo y muy indignante. He recibido e-mails de editoriales grandes -rechazando mis trabajos- en los que no había una frase sin un fallo de puntuación o de ortografía. Así serán de escrupulosos…


Eso sí, las editoriales tienen el antifaz hecho a su medida; si quieren prestigio, a la cabeza de todos esos libros pasables colocará literatura firmada por un señor con canas. O sin pelo. Lo mismo da mientras naciese antes de la Transición y hable de cosas que a los jóvenes les suene a chino. Me gustan mucho Javier Marías y John Le Carré, pero ya me gustaría que la gente de mi edad los leyese como lee a Stephenie Meyer y variantes, o L.E. James y variantes. Gente que no tiene ni puñetera idea de escribir y cuyas novelas en imprenta ya eran proyecto de best-seller.


En fin, es para estar muy desencantada…
Entremos en materia. El contrato y el trabajar para -que no con- una editorial.


Abusivo es todo y humillante lo demás. Lo que la editorial quiere no es tu voz, ni tu cabeza. Quiere tus manos. Quiere que te pongas a escribir de lo que ellos han pensado que debes escribir y como ellos decidan que debes expresarte. En tiempo récord habrás de preparar una historia, ordenarla, tener tiempo para plasmarla y entregarla; pongamos dos meses -lo que ponía en mi último contrato del 2011-. Tu opinión no importará mucho si el editor dice que la frase tal del párrafo tal se censura. No importará nada y puede que tu defensa de esa frase te haga parecer una mala persona -a mi último editor le faltó acusarme de animar al personal a ejercer la pederastia por expresar en una de mis novelas que una niña tiene sentido de la sexualidad y del placer, dándole una segunda lectura que se salía de lo biológico y que iba a lo moral-, así que cuidado. El contrato será leonino: no verás un duro por tu trabajo hasta que no haya ventas -según aquel mismo editor, anticipos en España sólo ve Pérez Reverte-, tus obras pertenecerán a la editorial por la friolera de diez años y de cada libro te llevarás un porcentaje irrisorio. Por si se te olvida que el libro NO ES TUYO, te dirán que pares ya con las dedicatorias, que dos líneas ya es bastante, que con tanta gente a la que quieres y que te quiere ya aburres -son cretinos hasta para eso-. Además, te tomarán por idiota: si quieres hacer presentaciones, apáñatelas tú solito y el transporte que te lo pague tu madre, que es una santa. Pero vayamos al dinero: te dirán que la primera impresión será de 2.000 ejemplares, pero imprimirán 5.000. Te dirán que cuando se vendan todos te avisarán para que sepas que hay segunda edición… o puede que te enteres por un amigo librero de que tu libro anda en reimpresión y por eso tardan un poco en llegar los ejemplares que sus clientes han pedido. ¿Mi libro en reimpresión? Pero si la tirada era de 2.000 y yo sólo he cobrado la venta de 460…
Aquí es donde entra mi maravillosísima abogada. Y no fuimos a juicio porque evidentemente a mí me faltaban papeles y los datos de la distribuidora sirven a quien le paga, que es el editor. Cobré una miseria, asumiendo que el tipo se quedaba con un pastizal a mi costa. Mi abogada consiguió recuperar para mí los derechos de explotación de mis libros. Están todos en autoedición. Vendo poquísimo, pero lo que vendo es genuinamente mío.
Y un sinfín de maravillas como esta. Lo mejor de todo es cuando hablas con colegas que, como tú, fueron contratados por editoriales y te cuentan que la DESINFORMACIÓN a la que está obligado el autor por las circunstancias permite la ESTAFA constante. Y los editores la aprovechan sin piedad.


Esto no ocurre con la autopublicación. Escribo al ritmo que mi novela me exige. Me someto únicamente a mi propia censura. Me encargo yo de decidir sobre qué, cómo y por qué voy a escribir. Elijo mi portada, la edición del interior y si quiero o no poner dedicatoria.


Yo autoedité una vez que quedé asqueada de la edición tradicional. Quien quiera pensar que soy una frustrada tiene toda la razón: me frustra enormemente que la calidad de mi trabajo sea pisoteada por un señor que sabe de literatura poco y de honradez nada. Me siento frustrada como una madre que sabe que su hijo es un niño respetuoso y educado, cuando son los críos más petardos los que hacen gracia al personal. No tengo necesidad de vender un solo libro. Siempre he escrito porque se me derraman las palabras. Podría regalar mis obras -de hecho, con alguna ya lo hago-, pero son dieciséis años de formación los que llevo encima y me gustaría sacarles partido económico. Si alguien se ofende no lo comprenderé. Que con veinte años me atreviese a exponer mis libros a nivel nacional, y que intentasen aprovecharse de mí de esa manera, me abrió los ojos bien pronto a lo podrido que huele este mundo editorial. Y desde entonces no he recibido sino confirmaciones de que esto es así. No, gracias.
Creo que “apostar por” un autor, no es sino “poner la pasta por” un autor. Si no, no se le llamaría apostar. ¿Qué apuesta puede ser más segura que no apostar? Si te rechazo tres veces, vas tú y autopublicas. Y si la gente te empieza a leer en masa, ya me has hecho el trabajo de publicidad. Dar a conocer un nombre desde cero sólo con publicidad es CARÍSIMO. Publicar una “segunda novela del exitoso autor de…” es BARATÍSISMO. Y tremendamente rentable.


Ah, pero ¿lo del anticipo se lleva, en serio?

           A eso, sumémosle el hecho de que quien era una competencia en términos económicos y un brote de rebeldía en términos industriales, ahora es de los nuestros. Nos hace ganar dinero, y además controlamos lo que sale por esa boquita. A veces pienso que las editoriales son una secta…


Si contase con una distribución de mis libros en papel a nivel nacional, sin un editor de por medio, estaríamos hablando de cifras muy interesantes. No lo quiero ni pensar, porque no me puedo pagar esa distribución física. Sólo puedo confiar en la distribución on-line. Pero si la gente no te ve en la librería… Esto es España; la compra por internet no es, ni de lejos, nuestro fuerte. Es duro, pero no lo fue menos promocionar a solas cuando publicaba con editorial. Ahora no tengo libros a la venta con ninguna editorial. Autoedito todo lo que considero terminado y listo para la lectura ajena. En términos económicos, estoy empezando y entiendo que esto es una carrera de fondo… Veremos cuando lleve más tiempo. En términos de estar orgullosa de lo que hago, nada como cuidar de mis ediciones yo misma.


Pero la mejor ventaja, sin duda, de la autoedición es la transparencia. La cual se percibe en lo informada que estoy de mis ventas, en lo claros que son mis ingresos, en la eliminación de intermediarios, en la elección de fondo y forma de mi novela, de mi promoción y de mis respuestas en las entrevistas. Esto para las editoriales parece dificilísimo, pero todos los libros tienen su código de barras, así que eso de que los datos sean opacos es sólo porque a ellos les interesa que no sepamos un carajo de lo que vendemos y dejamos de vender. Es mentira. Es ilegal. Y me niego a bailarle el agua a una industria que me roba descaradamente, dejándome a la intemperie de la ignorancia, mientras, curiosamente, el resto de la cadena industrial no tiene problemas para llegar a fin de mes. Hola a todos, soy la de la materia prima; no puedo vivir de esto, pero ya sé que vosotros sí.


La mala educación es algo que hay que corregir. Creo que el público ve el prestigio únicamente en la edición tradicional; es como está educado y como las instituciones reaccionan. Decir que eres escritor suena muy bien, pero decir que tus libros se han editado en 20 idiomas suena mejor. El problema es que se cuestiona el prestigio del autor y nadie pone en duda que la editorial sea la panacea de la honradez.
Muchos colegas, precisamente por el prestigio, por la posibilidad de ascender en cuanto al estatus, al reconocimiento…, o simplemente por seguir viendo sus libros en la librería, y algunos, por suerte para ellos, por dinero, se callan y acatan. Se callan y conceden. Se callan y excusan.

Cuando yo decidí romper la relación con la anterior editorial sopesé todo esto, y sé que hablar no hace sino cerrarme más aún si cabe las puertas de las editoriales, porque no quieren problemas y yo soy problemática. Sí, señores. Hay colegas que, directamente, me han escrito cosas como “mi agente me está diciendo que no me meta en esto, porque las editoriales tienen listas negras”. Claro, es que yo no tengo agentes, y por eso soy perfectamente libre para dar por saco. Sí, soy problemática. Es que yo abro la boca. Y eso es un problema. Yo pregunto dónde están mi dinero, y mis presentaciones, y mis ejemplares. Pregunto por las reimpresiones y por las apariciones en prensa, y por todo lo que creo que mi trabajo se merece, no porque sea quisquillosa sino porque tengo un contrato que me ampara y que la otra parte está usando para limpiarse el culo. Y eso es problemático. Pero es que eso no es edición tradicional. Eso es una estafa para mí y para mis lectores. Toda esa gente que en su día me vino diciendo que había leído el libro y que les había encantado, si supiesen cómo me han tratado las editoriales, se sentiría estafada, porque sin duda hubiesen preferido que el dinero que ellos pagaron por mi libro hubiese sido, aunque fuese una pequeña parte, para mí. No para un tipo que negaba rotundamente que esa compra se hubiese producido siquiera.


Es de vergüenza.





Buenas noches, y buena suerte.





S.Navarro
Londres, 2014.
Read More …



Me indigno. Resulta que los actores de doblaje de Madrid están en huelga (#HuelgaDoblaje) desde hace más de dos semanas y no sólo han sido vergonzosamente ninguneados por la casi totalidad de los medios audiovisuales, sino que hay cadenas que han decidido ceder el rodaje de sus series compradas en el extranjero a otros puntos de la geografía española donde se realiza doblaje y en los que, catastróficamente, se ha parcheado el trabajo realizado en Madrid y se han hecho oídos sordos a compañeros del mismo gremio. Por miedo, como todo lo que ocurre en España, y hasta puede que por pasotismo, aunque espero que no. Lo asumo. Pero esto es de vergüenza, empezando por las cadenas que no respetan a estos profesionales. Evidentemente, los actores de doblaje de Madrid cuentan con mi total apoyo, como espectadora y como comunicadora amante de las series, del cine y del audiovisual en general.

Dicho esto, procedo a explotar. Porque estoy de la tontería de que los españoles no hablan inglés porque nos doblan la producción audiovisual hasta las narices. El cine y la televisión no son una clase de idiomas.



Todos ustedes saben lo que se exige a nivel audiovisual por parte de los usuarios desde hace ya unos años, especialmente desde la llegada del DVD. Lo saben. Lo saben porque tienen internet y ven la televisión. Lo que quiere el público, y más fríamente, el consumidor, es su televisión ‘a la carta’. Sus programas ‘a la carta’. Su cine ‘a la carta’. Y ¿qué significa esa expresión? ‘A la carta’… Significa ‘tómeselo como a usted le dé la gana’. Y es un plus, una ventaja, para el espectador, el poder acceder a contenidos audiovisuales como a él le apetezca, cuando le apetezca, con quien le apetezca...

En España tenemos el privilegio de contar con los mejores actores de doblaje del mundo. Sí, lo he comprobado, viendo más de una película en versión original -en mi caso inglesas-, para luego compararlas con las versiones dobladas en Francia, Italia y España, que son países con cierta tradición en el arte del doblaje. Las comparaciones, ciertamente, son odiosas. Pero es que cualquier cosa que se intentase poner a la altura del doblaje español era poco menos que basura.



Entonces, con tanto festín a la carta, con tanta opción y tanto abanico de posibilidades infinitas que tanto se esfuerzan en ampliar las compañías telefónicas y audiovisuales para el abrumado espectador… ¿Quién es tan subnormal de pedir la eliminación del doblaje en España? No me lo digan, ¡un español!  

Déjenme que les diga una cosa. Un apunte. Los actores de doblaje deberían llamarse actores de voz, porque, sinceramente, pueden hacer otras cosas además de narrar y doblar anuncios, o doblar películas, series y videojuegos. También pueden interpretar directamente del español, pero claro, no se cuenta en este país con el público más dispuesto… Si el español medio apagase Telecinco y escuchase radionovelas -lo cual es común en otros países de nuestro entorno-, vería que sus actores de voz, hacen eso: actuar. Interpretan, como lo hacen los demás actores que se ponen ante una cámara. Y leen rematadamente bien. ¡Ah, si el español medio se aficionase al audiolibro…! ¡Qué voces y qué personajes te estás perdiendo, España…! Pero no. En nuestro país no somos capaces de valorar esta rama artística y de explorarla como se merece. En España, todo hijo de vecino prefiere excusar su pésimo conocimiento de lenguas extranjeras en la mera existencia del rodaje, esa corrupción de la obra original que muchos incultos se empeñan en relacionar con la dictadura.



Entremos, pues, en materia.

El doblaje no es un vestigio del franquismo. Baste decir que es un fascista el que está intentando ahorrarse el doblaje para gastárselo en bolsos de firma para su señora de Wert. El doblaje es un arte interpretativo que se ejerce en muchos países donde Franco jamás tuvo nada que opinar, y que se empezó a desarrollar ya desde los inicios del cine mudo con narradores y dobladores en vivo, en la misma sala de cine, a menudo acompañados por un pianista, porque tampoco había banda sonora. Italia también tuvo a un fascista ocupándose de que todo el cine sonase italiano, y a día de hoy ya quisiera el doblaje italiano ser la mitad de bueno que el español. Espero que todos los que ponen de vuelta y media al doblaje en España sean conscientes de que también los hablantes de lengua inglesa tienen actores de doblaje. De voz. Sepan que en Inglaterra, que es la que me pilla cerca, los dibujos animados no hablan inglés por la gracia de Dior, sino porque hay actores de doblaje prestándoles sus voces. Sepan que hay múltiples películas extranjeras que se doblan al inglés. Sepan que el público que tienen las radionovelas es sorprendentemente decente -está muy a la altura de las series de televisión-, y que los auidolibros se venden como pipas en la plaza. Aquí los actores de doblaje son, ante todo, eso: actores. Llámenme escéptica, pero creo que la cultura y la educación tienen mucho que ver con todo esto.

Llevo dos años viviendo en Londres, y si les digo que el nivel de inglés de los españoles es para echarse a llorar, no me pueden responder que el doblaje tiene la culpa. Es categóricamente falso.

El doblaje no atenta contra la cultura políglota en España. ¿Podemos reírnos ya? Señores, España no tiene cultura de lenguas. No se puede atentar contra lo que no existe. ¿Es que no ven que el español medio habla castellano -o eso dice- y punto? Que la gente en España, por norma general, no habla dos idiomas. Por no hablar, no hablamos ni las nuestras. El catalán sólo se habla en Cataluña, pero a mí me hubiese gustado muchísimo que se me hubiese enseñado a hablar catalán, valenciano, euskera…, yo encantada de poder hablarlas todas, sinceramente, aunque les hubiese dado poco uso. Quizás les hubiese dado alguno, de haberlas hablado. Pero miremos lenguas europeas más extendidas territorialmente. España no es hoy en día el país más humanista del globo, por mucho que descubriésemos las Américas -donde impusimos nuestra lengua en el sur, como los ingleses lo harían en el norte-. A mí me llena de rabia que se les pregunte a los actores de doblaje “¿Qué pensáis sobre las acusaciones que os hacen responsables del bajo nivel de inglés en España?” Ojalá un día uno de ellos responda “Bueno, lo del inglés no tiene solución; menos mal que lo del alemán, francés, italiano, árabe, ruso, polaco, chino, coreano…, no es culpa nuestra”. Marca España, ¿a quién quieres engañar? Si quitas el doblaje de en medio, al cine van a ir los cuatro gatos que van ahora, menos las personas mayores o cualquiera que tenga reparos en leer durante dos horas -que de estos en España también andamos sobrados; el típico que no lee el libro y se espera a la película… ¡Se le cae el mundo cuando se entera que va por subtítulos!-. Y los que aguanten irán menos a menudo, también te lo digo. Lo mismo esto le interesa a la misma clase de personas que quieren acabar con el cine, directamente. Pero, a lo que voy… Quitar la opción del audio castellano es una contradicción para el cine ‘a la carta’.

Créanme, el cine es más caro que una escuela de idiomas y mucho menos efectivo. No me creo esa indignación de “no sabemos inglés porque nos lo dan todo doblado”. No, querido, no sabes inglés porque no te ha dado la gana de estudiarlo. ¿O me vas a decir que si el cine estuviera únicamente en versión original, ibas a pagar tres o cuatro entradas a la semana para perfeccionar el idioma? Te sobra la pasta y no te llegan las neuronas. Para aprender inglés -o la lengua que te apetezca-  te vas a una escuela de idiomas; las juntas de cada comunidad autónoma ofrecen plazas en ellas. Yo estudié cuatro años en la de mi ciudad, y luego continué con otros tres años de Inglés como asignatura de libre configuración en la universidad. Ya me hubiese gustado haber tenido el dinero para ir al cine una vez a la semana, fuese en el idioma que fuese, con la intención de divertirme y no de estudiar. Pero qué va…

Señores, con calma, piensen en el tipo de audiencia española media. Piensen cuánta gente va al cine en España. No tanta como a todos nos gustaría, porque el precio convierte el cine en un lujo. Pero hay más: El interés. Verán, el español medio no se muere por ir al cine, ni por ver una película en pantalla grande a la semana, ni por llevar un ápice de cultura al mes a su bagaje personal. Es que no somos un país de curiosos; somos un país de chismosos, que no es lo mismo. Belén Esteban ha sacado un libro que no ha escrito ella y ha arrasado, deberían hacer la película, daría más dinero aún y no habría que doblarla… aunque los subtítulos no le irían mal.



He visto muchas películas en inglés, en versión original, pero sobre todo he visto y disfrutado muchísimas películas dobladas al castellano. Y sigo viéndolas, y no me molesta el doblaje en absoluto. Me agrada a menudo, debería decir, porque un “I love you, mum” no se puede comparar con un “Te quiero, mamá”, nos pongamos como nos pongamos. Es nuestra lengua materna, es la que tiene más implicación emocional para nosotros, y es algo que no podemos controlar, está en nuestro lado irracional y subconsciente. Me voy a poner nostálgica: año 1994, Disney estrena en España “El Rey León”, el nivel de doblaje es estratosférico pero yo soy una niña que pasa olímpicamente de todos esos detalles y simplemente alucina con lo que ve y oye. Año 2014, se pone una a ver vídeos de la versión original y empieza a ser consciente de la suerte que tuvo de criarse con la versión española. Constantino Romero fue mejor Mufasa de lo que en ningún otro país se pudo siquiera soñar. Y con él, todo el reparto español. Toma nota, Marca España.



En resumen, lo único que hay que tener en cuenta a la hora de realizar un doblaje es que hay que dejar los originales en manos de profesionales que sepan hacer buen trabajo. Los actores de doblaje de Madrid son, junto con los de Barcelona, de una categoría que no se encuentra en otra parte. He hablado sobre todo de cine, y lo cierto es que la producción cinematográfica está más en las manos de Barcelona, y que son las series las que tienen más peso en Madrid. Pero, por favor, extrapolen lo que he escrito, palabra por palabra, porque es exactamente igual. Estos profesionales merecen mantener su prestigio intacto, ver su reconocimiento alzado a un nivel digno de una vez por todas y su magnífico trabajo recompensado. Pedir un convenio que mantenga sus puestos de trabajo y las condiciones de chiste que tienen desde hace más de veinte años me parece absolutamente necesario, justo, y si me apuras… es que mucho han tardado en decir algo al respecto.

Y a mí, como espectadora, esas cadenas, esas plataformas audiovisuales…, llevan un tiempo diciéndome que todo es ‘a la carta’. Pues para mí una de español bien doblado.

A ver si es verdad.





Sofía Navarro.

Londres, 2014.
Read More …



            




            No se me hubiese ocurrido nunca pronunciar palabra, en un día como hoy, sobre el atentado del 11-M. Mi idea de honrar a las víctimas es guardar silencio respetuoso, porque ni de lejos soy capaz de imaginar el dolor de aquellos a los que les impactó de lleno. ¿Qué puedo decir yo? Tenía quince años, estaba en el instituto y tocaba la hora de Música cuando nuestro profesor decidió que era más importante poner la televisión para que todos viésemos la retransmisión que los informativos hacían de la masacre. Éste profesor, falto de información y deseoso de darle la razón al Gobierno -estudié en un colegio concertado de tendencia católica-, comentó al final de la clase que los etarras no merecían el aire que respiraban. Teníamos quince años. Una clase entera de adolescentes asumiendo como auténtica la información de que el atentado fue etarra. Una clase de adolescentes que probablemente no tendrían información sobre cuántos atentados masivos contra población civil había cometido ETA en su historia, y qué cariz estaba tomando la tensión internacional después del 11-S. Teníamos claro que ETA mataba, pero no cómo ni por qué, luego era fácil convencernos de que habrían cometido cualquier acto terrorista. Éramos alumnos jóvenes, ignorantes en la materia y bastante impresionables… Supongo que más de uno salió de allí con la lección aprendida. Viendo las noticias en casa, ya a la hora del almuerzo, empezaba a apestar todo a mentira, pero no estoy segura de cuántos de mis compañeros pudieron percibirlo.

            Dado que mi memoria no guarda muchos datos numéricos, pero sí muchas sensaciones fortísimas de aquel día y los que le siguieron, hoy iba a guardar silencio. Hasta que esta mañana, entre todos los mensajes de pésame, solidaridad y recuerdo que han rondado las redes sociales, he leído uno que –parafraseo- decía: “¿Sabremos algún día la verdad sobre el 11-M?”. Y ha vuelto a mí la niña de quince años. Y se ha indignado, porque ella sabe lo que pasó desde hace mucho tiempo, con datos o sin ellos. Escribo un poco con ella a mi lado, porque insiste en que quede la cosa bien clara. Siempre fue testaruda, pero es que los adolescentes son tozudos en demasía. A mandar.

            Frivolidades aparte, pasó lo que pasó porque los extremistas, islámicos o no, han sido preparados mental y físicamente para cometer suicidio en nombre de su credo en el caso de que un superior se lo encomiende. Lo llaman martirio, y es el camino a seguir para convertirse en mártires. En el caso de la Yihad, ser un mártir es para ellos y su familia un gran honor en vida y muerte.
            Sabiendo esto, el Gobierno de España, más concretamente el señor José María Aznar, sin contar con la admiración del resto de los participantes –que, dadas sus acciones, habían notado de sobra lo fácil que es aprovecharse de un hombre vanidoso e inculto-, se unió a una guerra innecesaria, excusada en invenciones, minada de actos que avergüenzan profundamente a todos los que creemos en el respeto y la defensa de los Derechos Humanos, cuya única finalidad era el control de un territorio rico en petróleo.
            Igual que aquí hay fanáticos de una bandera y un Gobierno que morirían por ella si éste último así lo ordenase, allí, donde una religión con sus creyentes y sus extremistas está al día de otras religiones, lo que no está al día de Occidente es la educación y la visión de la sociedad. Hay muchos que se afanan en igualar las tornas, en llevar la cultura a los niños, a las mujeres..., en abrir las puertas de la universidad y en conocer otros puntos de vista sin tacharlo automáticamente de herejía. Es incipiente este deseo de progreso en el mundo árabe; necesita tiempo para dar resultados, pero son esos ciudadanos los que van a salvar Afganistán e Iraq, no las bombas de Occidente. Éstas, con su poderío y su soberbia convencida de que si pone un pie en esa tierra el oro es suyo... Ese Occidente no esperaba -o eso quiero creer- el arma arrojadiza que son los kamikazes, los incultos, desequilibrados, pobres que incluso con carreras universitarias a sus espaldas carecen de amor propio y de resolución para discernir el bien del mal. Gente a la que le faltan muchas horas de lectura y conversación. Pobres que leen la palabra de un dios sin nombre, dándoles el significado que otros prefieren buscarle; prostituyendo el mensaje que la mayoría de los creyentes ve como un canto a la paz, hasta hacerlo declaración de guerra. Son personas manipuladas para morir y para matar a cambio de una recompensa en el más allá... Qué fácil para el que manipula dejarle la tarea de premiar a un dios sin nombre, cuando el muerto ya poco puede reclamar.
            Es una cadena de acción-reacción bastante obvia: Fueron personas manipuladas y ciegas las que derramaron sangre en Madrid ese fatídico 11-M. Porque sus superiores les ordenaron morir por el credo. Porque Occidente puso un pie sucio en sus tierras. Porque el dinero corrompe. Porque nuestros gobiernos no sirven al pueblo y buscan enriquecerse. Porque el pueblo votó a ladrones embusteros y les sigue creyendo. Mucho me temo que sólo el pueblo es responsable del pueblo.

            No nos engañemos. La culpa es nuestra. La culpa es nuestra. Hace diez años yo aún no podía votar, pero no hace tantos años que sí puedo. Hace muchos que puedo salir a la calle a gritar. Lo cierto es que ejerzo el voto y escribo mucho, pero sí, debería salir más a la calle a gritar. Los votos y la transigencia de esa mayoría silenciosa -en la que me incluyo, totalmente en contra del Gobierno y totalmente a favor de la desobediencia civil, eso sí- permitieron el encuentro en Las Azores. Un hombre como Aznar, incapaz de siquiera expresarse debidamente en otro idioma, no pudo llegar a esa reunión sin el apoyo del pueblo en las urnas, sin votos, sin poder. El pueblo da el poder. El pueblo debe aprender a conceder poder. El pueblo no sabe dar poder. Y mientras dé poder a quienes van en su contra, el pueblo se estará dejando matar.
            No hay solución para la tragedia pasada. Procuremos no cometer los mismos errores y honremos la memoria de aquellos inocentes, empezando por parar la vergüenza que supone dar pábulo a todos los que mienten a un pueblo que no se cree nada, pero no mueve ficha para quitar de en medio a los que intentan mentirle. A esos mentirosos, que sí tienen nombres y apellidos, realmente no les importan esas vidas perdidas más de lo que les importó perder las elecciones. Por eso culparon a un terror más familiar, más creíble, en lugar de aceptar que habían provocado un terror nuevo, no fuera el pueblo soberano a ver su inutilidad y su responsabilidad a apenas horas de ir a votar. Tampoco hubo respeto por las víctimas durante los meses siguientes, con políticos echándose las culpas mutuamente, jugando con los datos, los fallecidos, los nombres del explosivo…, hasta que una madre los hizo callar a todos. Yo tenía quince años, y no lo recuerdo al dato, al detalle, pero ese día, esa imagen, la tengo bien grabada. Había cámaras de por medio, quizás por eso todos fingieron respetar a esa mujer rota por dentro y firme por fuera. Tanta hipocresía junta es difícil de olvidar.

            Hace diez años yo no podía votar. Pero pertenezco a una generación que recibió una buena educación. Algunos la aprovechamos y otros no; era cuestión de prioridades. Una cosa es cierta: ese miedo, ese pavor,  que veo en los ojos de mi abuelo cuando habla del Gobierno, por fortuna o por desgracia, lo desconozco y hasta me causa ternura porque es como un niño pequeño a punto de llorar porque le dicen que viene el hombre del saco. Yo no tengo miedo, pero creo en Huxley y en su “Mundo feliz”, porque lo veo con mis propios ojos. Y me preocupa, pero sé que tiene solución, el problema es que es colectiva, y aquí todo va de prioridades personales.
No sé qué sentían los que hace más de diez años votaron cuando yo era niña, ni qué educación recibieron, aunque me hago una idea. Las nuevas generaciones del partido que nos gobierna son más rancias que sus predecesores y muy dadas a salir en los medios… Oh, los medios, cómo son de selectivos. Yo no milito en ningún partido, aunque me lo han ofrecido… Resulta que me lo han ofrecido partidos con los que no comulgo. No existe partido con el que comulgue. Lástima. Aun así, yo también soy una nueva generación, sin símbolo y casi sin bandera, pero con las ideas más claras que mis padres y sin el miedo de mis abuelos. No salimos en los medios, pero seguimos teniendo derecho a voto y seguimos viendo mundo y comprobando que una política mejor es posible. Mi esperanza es que muy poco queda para que esta nueva generación vea que hay una realidad democrática fuera de España perfectamente importable. Una realidad en la que el pueblo habla cada día y no cada cuatro años. Llegará esa nueva generación fascinada por mejores gobiernos. Ya está llegando.

            Podemos buscar culpables con nombres y apellidos del 11-M, y se nos quedará corta la lista y se nos quedarán vacías las cárceles. La única lista certera es la de las víctimas y sus familias. Y, como ya digo, responsables, así lo creo yo, somos todos. ¿Sabremos algún día la verdad sobre el 11-M? Ya la sabemos. Lo que nos cuesta es asumirlo, y asumir que también es responsabilidad nuestra que los culpables vayan a la cárcel, pero que una vez más, eludiendo esa responsabilidad, los hemos devuelto al Gobierno. Y de nuevo les damos poder, y de nuevo juegan con nosotros como naipes, y de nuevo nos traen terrores que no nos tocaban hasta hoy. Así no se evitan los 11-S, los 11-M, los 7-J… No los causamos, pero damos poder a los que los provocan. Esa es la verdad del 11-M.

            Pensaba callar, pero ¿cuántas posibilidades tenía?
Rindo mi más sentido pésame a las familias y toda mi admiración a quienes ayudaron en la catástrofe y tras ella. Creo que las personas más valiosas, al igual que las más culpables, siempre quedan sin nombre en los medios, para bien o para mal, pero no sin hueco en la Historia y en la memoria de los que les vimos o no dar la cara. Y éstas últimas sí que hacen justicia.

Sofía Navarro,
11 Marzo, 2014.
Londres.
Read More …